Cada vez que nos calzamos las botas de trekking y empezamos a subir por los senderos de la Alta Montaña mendocina, cruzamos una frontera invisible. No es solo un límite geográfico entre valles; es una línea temporal. Los Andes no siempre se recorrieron con mochilas livianas, camperas de Gore-Tex, calzado técnico y sistemas de navegación por satélite. Mucho antes de que existiera la Ruta Nacional 7, estas moles de piedra ya eran transitadas por hombres que hicieron de la inmensidad y el viento su escenario cotidiano.

Para entender las rutas que hoy disfrutamos como senderistas, es necesario mirar hacia atrás. Los caminos actuales son las huellas consolidadas de antiguos arrieros, viajeros incas y expediciones libertadoras que desafiaron la cordillera cuando cruzarla era una verdadera odisea de vida o muerte.

Los guardianes de la huella: el rol de los arrieros históricos

Los guardianes de la huella: el rol de los arrieros históricos

La historia de los pasos andinos mendocinos está escrita con el paso lento, constante y seguro de las mulas. Los arrieros fueron los verdaderos ingenieros prácticos de estas montañas. Hombres curtidos, silenciosos y con un conocimiento intuitivo del terreno que hoy asombraría al guía más experimentado. Sabían leer el cielo, anticipar el temido viento Zonda y predecir las tormentas de nieve que podían cerrar un paso en cuestión de minutos.

Su función era vital para la economía y la geopolítica de los siglos XVIII y XIX. Transportaban ganado, mercancías valiosas, minerales y la correspondencia que unía el Atlántico con el Pacífico. Una "tropería" (caravana de mulas) se movía a un ritmo que dictaba la propia naturaleza. No había apuro que valiera si el río Mendoza venía crecido o si los pasos de altura estaban tapados por el hielo blanco.

El arriero no solo transportaba carga; también generó una cultura de montaña basada en la solidaridad, la autosuficiencia y un respeto casi sagrado por el entorno. El refugio en las "pircas" (muros de piedra rústicos) y el fuego encendido con lo poco que ofrecía la vegetación achaparrada eran sus únicos aliados contra el frío extremo de la noche andina.

La evolución de los pasos andinos mendocinos

El camino que hoy une la ciudad de Mendoza con la frontera chilena es un tapiz donde se superponen diferentes épocas históricas. Cada una dejó su marca en el territorio, transformando sendas peligrosas en las vías transitables que conocemos hoy.

El Camino del Inca (Qhapaq Ñan)

Mucho antes de la llegada de los españoles, los incas ya utilizaban los valles de la Alta Montaña para conectar el corazón de su imperio con los territorios del sur. El tramo mendocino del Qhapaq Ñan pasaba por zonas clave como Tambillos y Puente del Inca. Estas sendas pedestres buscaban los pasos más lógicos y seguros, aprovechando las vegas de agua dulce para el descanso.

La ruta de los correos y las Casuchas de la Cordillera

Durante la época colonial, el flujo de información era crucial. Para asegurar el paso de los mensajeros durante el duro invierno andino, a finales del siglo XVIII se construyeron las famosas "Casuchas de la Cordillera". Estas sólidas estructuras de ladrillo y piedra, que todavía hoy se pueden ver cerca de Las Cuevas, servían de refugio vital para los correos que se veían sorprendidos por el temporal.

La epopeya de San Martín

El cruce de los Andes por el Ejército Libertador en 1817 es quizás el hito logístico más grande de nuestra historia. Las columnas que cruzaron por Mendoza (por los pasos de Uspallata y Los Patos) utilizaron el conocimiento acumulado por los arrieros locales. Mover miles de hombres, caballos, mulas y artillería pesada por senderos estrechos a más de 3.500 metros de altura fue una hazaña que consolidó la importancia estratégica de estas rutas.

El Ferrocarril Transandino y la Ruta 7

A finales del siglo XIX, la tecnología desafió a la montaña con el tendido de las vías del tren. El Transandino unió voluntades a fuerza de túneles, puentes de hierro y cobertizos para avalanchas. Aunque hoy las vías están en desuso, su trazado sigue siendo un monumento a la ingeniería humana. Posteriormente, la construcción de la Ruta Nacional 7 terminó por consolidar el corredor bioceánico actual, facilitando el acceso a los imponentes paisajes de la Alta Montaña.

El eco del pasado en tus botas de trekking

El eco del pasado en tus botas de trekking

Cuando caminás hoy por los senderos que llevan a la Laguna de Horcones, cuando hacés el trekking de aproximación a Confluencia (en la ruta al Aconcagua) o cuando subís hacia los cerros de la zona de Penitentes, estás pisando exactamente el mismo suelo que pisaron aquellos pioneros.

A mí me gusta pensar que el senderismo moderno en Mendoza es una forma de arqueología activa. El paisaje apenas cambió: las moles de roca sedimentaria, los glaciares colgantes y el cielo azul profundo son los mismos que contemplaban los arrieros mientras tomaban un mate al abrigo de una roca. Lo que sí cambió es nuestra tecnología. Hoy contamos con mapas detallados, indumentaria térmica de alta calidad y comida liofilizada ligera.

Sin embargo, la regla de oro de los Andes sigue siendo la misma que hace doscientos años: la montaña no se conquista, se pide permiso para pasar. La preparación física, el respeto por el clima cambiante y la humildad ante la inmensidad del paisaje son valores que heredamos de aquellos que abrieron las huellas iniciales.

Consejos para caminar con mentalidad de arriero

Consejos para caminar con mentalidad de arriero

Para que tu próxima salida a la Alta Montaña sea segura, enriquecedora y respetuosa con el legado histórico del lugar, te propongo adoptar algunas de las viejas costumbres de los antiguos viajeros:

  • Estudiá la ruta de antemano: Los arrieros conocían cada piedra del camino. No te lances a un sendero sin haber estudiado el desnivel, la distancia, los puntos de agua y el pronóstico del tiempo específico para la zona de montaña.
  • Llevá siempre equipo de contingencia: En la cordillera, el clima puede pasar de un sol radiante a una tormenta de nieve en minutos. Aunque planees una caminata corta de verano, cargá siempre en tu mochila abrigo impermeable, gorro, guantes y un botiquín básico.
  • Respetá el silencio andino: El andar de las mulas se caracterizaba por un compás constante y silencioso. Evitá el uso de parlantes en los senderos. El silencio te permite conectar con el entorno y escuchar los sonidos de la naturaleza, como el desprendimiento de rocas o los cambios en el viento.
  • No dejes rastro de tu paso: Los antiguos habitantes de la montaña usaban elementos biodegradables. Hoy, nuestros residuos plásticos y envoltorios pueden durar siglos. Todo lo que sube en tu mochila debe volver con vos. Preservar la limpieza de los senderos es el mejor homenaje a su historia.
  • No toques el patrimonio arqueológico: Si durante tu caminata encontrás restos de pircas, antiguas herraduras, trozos de cerámica o estructuras históricas, dejalos exactamente donde están. Estos objetos pierden su valor histórico fuera de su contexto y están protegidos por ley. Sacales una foto y compartí el hallazgo de manera responsable.

Un lazo invisible a través del tiempo

Un lazo invisible a través del tiempo

La Alta Montaña de Mendoza no es solo un parque de diversiones natural para hacer deportes de aventura; es un museo a cielo abierto. Cada quebrada tiene un nombre que evoca un hecho, un accidente o un personaje del pasado. Los caminos andinos nos enseñan que el viaje a pie es la forma más honesta de experimentar la escala real de nuestro planeta.

La próxima vez que sientas el viento frío en la cara mientras caminás hacia un mirador o subís una pendiente empinada en los Andes, acordate de que no estás solo en la huella. Compartís el camino con las sombras de los arrieros, los chasquis y los exploradores que, con el mismo asombro que vos sentís hoy, miraron hacia las cumbres eternas y decidieron seguir adelante.